Como a veces el llegar tarde se perdona si se llega con un regalo, me permito un acto de egolatría más para traer una sacrílega lista con lo que más he disfrutado en el cine durante el 2007. Para evitar injusticias y polémicas innecesarias, las doce películas (una por mes) no están presentadas en forma de ranking, sino en un orden completamente aleatorio (lo cual es lógico debido a la imposibilidad de hablar de “mejores” y “peores” en una lista que incluye varios géneros y por lo tanto varias formas de aproximarse al público). De manera que aquí las tenemos, por supuesto destrozadas con un breve y superficial comentario que trata de alguna manera de justificar su elección.

Si digo que Rocky Balboa es una gran película probablemente no esté diciendo mucho, así que tengo que específicar que es la mejor película de la saga después de la primera parte. Lo curioso es que mis expectativas en cuanto a ella no podían ser más bajas y sin embargo, es una de las cintas que más me ha emocionado en todo el año. Stallone no solamente logra cerrar la historia de su personaje con dignidad, sino que se otorga a sí mismo uno de los mejores regresos posibles al estrellato, uno que muchos (yo incluido) no creíamos posible. Henrique Lage lo define mejor que yo al decir que muy pocas películas pueden presumir de arrancar aplausos al espectador cada veinte minutos. Vaya si lo logra.

Después de ver Apocalypto, uno llega a la inevitable conclusión de que Mel Gibson está completamente fuera de sí, pero también que es uno de los directores más interesantes que hay en este momento. Su última película es, al mismo tiempo, una transgresión formal del cine de entretenimiento masivo y un regreso al género de aventuras más convencional, ambientado en una época histórica indeterminada que no por inexacta deja de ser creíble. Aparte de eso tenemos un impresionante acabado visual que se resalta con la acertada decisión de rodar con muy pocos diálogos y en dialecto maya. La brutalidad de la película ha levantado una polémica absurda y bobalicona a la que no hay que hacer ningún caso so riesgo de que se nos contagie la estupidez. Esto es cine de sensaciones y lo demás son tonterías.

Y hablando de cine de sensaciones, Inland Empire, la última película de David Lynch, es la primera entrada de esta lista que necesita un asterisco junto a su nombre. Si ya de por sí la mayoría de los trabajos de este director no son para cualquier paladar, con esta última obra hablamos de alguien a quien se le ha terminado de ir la olla y ha pasado directamente de cualquier convencionalismo como linealidad argumental, personaje y estructura. Para colmo, el haberse pasado al formato digital ha hecho que Lynch ni siquiera se vea restringido por la limitación de un presupuesto, con lo que ha hecho literalmente la película que le ha dado la gana. La sensación que me ha dejado en el momento en que la estaba viendo ha sido “no estoy entendiendo nada… ¡pero que buena es!”.

Corriendo el riesgo de parecer extremista diría que The Host, del coreano Bong Jon-hoo, es una de las escasas películas de terror oriental del año pasado que realmente vale la pena ver. Quizás tampoco sea muy acertado el llamarla una película de terror, ya que es también una mezcla de comedia y drama familiar aderezado con la figura nada agradable de un monstruo mutante salido de las aguas del río Han. Pero lo importante de esta película es que con ella hay un regreso a las raíces mismas del género de monstruos gigantes venidos de Oriente, cuando dichas criaturas escondían en medio de su espectacularidad un discurso sobre el mundo en que vivimos. En este sentido es algo que realmente vale la pena, así que no la dejen pasar.

La vida de los otros, Oscar aparte, es también recomendable por otros motivos que no sólo tienen que ver con el evidente mensaje político de la pérdida de la privacidad en manos de un Estado “protector”, sino también en cuanto a una estructura casi teatral que la convierte en una película de personajes, un duelo interpretativo entre el lacónico espía de la Stasi y el escritor comprometido que abre los ojos a la gran mentira que se esconde tras los ideales de su pequeña nación (una revelación que no escapa al personaje escondido de manera furtiva en su ático).

Ya a estas alturas no quedará nadie que no haya por lo menos escuchado hablar de 300 y de la polémica que desata en todos aquellos que ven metáforas imperialistas por todas partes. No solamente es una de las mejores piezas de cine-espectáculo de los últimos años, sino también una de las mejores adaptaciones jamás hechas de un cómic y una inmejorable traducción al cine de los recursos discursivos de la épica. Para todos aquellos que no hayan tenido la suerte de verla en una pantalla de cine, hacerse con ella en DVD es más que una buena decisión: es un deber. Además, siempre será algo bueno para anticiparse a la avalancha de películas similares que nos llegarán a raíz de su éxito por las salas, con los desastres que ello conlleva.

A pesar de que, ciertamente, el visionado de una película como Cartas de Iwo Jima (una de las últimas joyas paridas por la faceta de director de Clint Eastwood) se enriquece con el de su contraparte Banderas de nuestros padres, no deja de ser una mirada interesante hacia un conflicto tan comúnmente glorificado como es la Segunda Guerra Mundial. No sólo eso, sino que probablemente estemos ante una de las pocas muestras de cine bélico realizadas en nuestra década que proporciona un mirada al significado de la guerra más allá de la mera anécdota de vencedores y vencidos, con lo que su discurso alcanza un grado de universalidad del que carecen la mayoría de cintas similares.

Al igual que con Inland Empire, de David Lynch, La fuente de la vida es probablemente la película más arriesgada de Darren Aranofsky hasta la fecha, y no sólo por poseer una narrativa poco convencional (aunque de hecho siga siendo narrativa) sino también por una curiosa mezcla de géneros en los que las excentricidades estéticas están puestas al servicio de un discurso sobre un tema específico, en este caso el de la muerte y su aceptación como parte ineludible de la vida. Tres historias que se entremezclan o una historia que se deshila en tres momentos, da igual como se la perciba, estamos ante una película con una propuesta real y concreta que llega en un año en el que varios directores han ofrecido retos considerables al espectador, lo cual no es poca cosa.

Y hablando de retos, el de Promesas del Este no es más que otra comprobación del buen momento que está viviendo el cine de David Cronenberg, quien al parecer ha ido poco a poco soltando las representaciones gráficas de la Nueva Carne para seguir ahondando en su eterna temática de los secretos y la metamorfosis por una vertiente más psicológica, eso sí, sin abandonar su estilo de cineasta de impacto. Como si eso fuera poco, la película forma una dupla perfecta con su anterior trabajo, Una historia de violencia, incluyendo el protagonismo de un Viggo Mortensen que también parece estar en uno de sus mejores momentos profesionales (impresionante su actuación como un Kirk Douglas de nuestros tiempos). Cinta de personaje más que de argumento, de introspección más que de desenlace narrativo, ha sido sin duda una de las que más he disfrutado este año. Y valga decirlo: todavía estoy recuperándome de esa escena de la sauna.

Pero claro, al fin y al cabo, uno siempre espera genialidades de Cronenberg. De la que sí no esperaba nada era de Persépolis, y el resultado ha sido encontrarme con una película que reinvindica el concepto del cine de animación para adultos. El hecho de que sea la candidata de Francia a los Oscar ha hecho que ya su trama sea bastante conocida: la niñez y juventud de una chica en Irán durante los tiempos de la Revolución Islámica y que, lejos del panfleto político, aborda los cambios de un país a través de una mirada desprejuiciada pero no por eso desprovista de compromiso con la realidad. Las tres “instancias” de la película así lo demuestran: su niñez en la naciente República Islámica, su exilio de juventud a Viena y la decepción de un posterior regreso a un país que ya no existe.

Y bueno, ya habíamos hablado antes de como REC es una de las películas de terror españolas más interesantes que nos han caído en los últimos tiempos, pero una vez que se confirma la realización de su remake americano no puedo dejar de hacer mención de ella por lo menos en esta ocasión. Desprovista de segundas lecturas (más allá de las evidentes, claro está), esta historia de zombis de Jaume Balagueró y Paco Plaza es interesante por motivos que van más allá de su formato narrativo de telerrealidad o de las pedanterías típicas del cronista de cine independiente (¿independiente de qué?). El motivo parecerá simple pero es básico a la hora de hablar de un género como este, y es que es una película que (para variar) da miedo. De verdad.

Y ya para terminar la lista me permito un capricho personal, porque Beowulf es sin duda la película más espectacular del 2007, aunque para apreciarlo sea necesario verla en el 3-D con que originalmente se ha querido que sea presentada. Otro ejemplo de animación para adultos, Robert Zemeckis trasciende los logros meramente técnicos en lo que se refiere a la imagen digital y ofrece una epopeya coherente que logra unir de forma bastante efectiva los tres segmentos del poema épico original. No sé si el que lea esto tendrá la oportunidad de verlo en las tres dimensiones que enriquecen la cinta, pero aunque no fuera así, hay que verla para entender por qué me hubiera gustado ser vikingo. Ah, y se me olvidaba: Anthony Hopkins da su mejor actuación desde El silencio de los corderos, y eso que ni siquiera es él realmente (¿o quizás precisamente por eso? No lo sé).
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